Llovía dentro del Área 19, una de esas
privilegiadas ciudades que habían conseguido huir de la contaminación y
erradicar toda enfermedad. Resultaba extraño que dicho fenómeno meteorológico
se diera dentro de una ciudad construida bajo los muros de cristal de una cúpula,
pero por razones desconocidas, la ciudad era capaz de simular distintos climas
y distintas temperaturas. Nadie sabía cómo, solo los funcionarios de cargos más
elevados eran los poseedores de dichos conocimientos. Solo ellos conocían los
secretos del funcionamiento de las ciudades. La lluvia era como una especie de
milagro para los urbanitas. Limpiaba las calles y las llenaba de un agradable
olor a tierra mojada.
Para Noelle, al contrario, aquel tiempo
nubloso, gris y oscuro parecía identificarse con su estado de ánimo. Mientras
todos los niños de la escuela primaria elemental del Área 19 miraban por las
ventanas entusiasmados, ella permaneció en su asiento, con la mirada perdida en
algún punto remoto de la clase. Estaba triste, más que triste, sentía un dolor
puntiagudo y pesado en el pecho. La vida de los urbanitas era generalmente
tranquila, sin preocupaciones, feliz incluso. Así era la de Noelle hasta que
empezaron los secretos.
Todo comenzó un aciago día de verano,
tan normal y corriente como cualquier otro, ese día: su abuela comenzó a toser.
Fue un gesto breve, discreto. La pobre anciana trató de ocultarlo bajo la palma
de su mano, incluso giró suavemente su rostro apartándolo de la ventana,
alejándolo de las miradas de fuera. Pero Noelle lo oyó. Y durante unos
instantes vio el miedo en el rostro arrugado de su abuela. Segundos después, la
expresión de su abuela había cambiado, convirtiendo el horror en una sonrisa
llena de cariño. La abrazó envolventemente y le susurró:
-
No
pasa nada, Noelle. Pero no debes decírselo a nadie.
A partir de entonces, su abuela redujo
considerablemente el salir a la calle. Pasaba días enteros en cama sin poderse
mover, tosía con muchísima frecuencia y empezó a tomar algunos medicamentos que
le conseguía la madre de Noelle (aunque almacenar y consumir medicamentos era
ilegal). En las áreas nadie poseía medicinas, nadie las necesitaba: no existía
la enfermedad. Las autoridades vigilaban y controlaban obsesivamente la salud
de los urbanitas. Para entrar en cualquier edificio público era necesario pasar
por escáneres que determinaban si estabas sano. Todo aquel que hacía saltar las
alarmas era arrestado, pero Noelle no sabía que les ocurría a todas esas personas
las cuales tenían la mala suerte de hacer saltar la alarma del escáner. Y nunca
tuvo valor para imaginarlo.
Hasta que arrestaron a su abuela.
Tan solo había pasado una semana desde
entonces.
El martes pasado llovía con una fuerza
tremenda, incluso muchos urbanitas pensaron que debía de ser producto de un
fallo técnico. Noelle tenía unos padres importantes y ocupados, que trabajaban
hasta muy tarde. Por eso desde que su abuela estaba en aquel estado tan
delicado volvía sola a casa. Sin embargo, ese día encontró a su abuela en la
entrada del colegio, oculta bajo un paraguas de color azul. Ella le hizo
acercarse con un disimulado gesto, y le entregó otro paraguas.
-
Abuela…
-hizo notar ella, francamente asustada. - ¿Qué haces aquí?
-
Mira
todo lo que está lloviendo. –explicó ella, con voz ronca y cansada, pero llena
de cariño.- Se me rompía el corazón de solo pensar que ibas a tener que
volverte sola a casa con este mal tiempo.
Puso su cálida mano en su hombro, y la
empujó suavemente hacia delante. Ella sabía que aquella extrema calidez en su
piel no era normal, era fruto de la fiebre que albergaba su cuerpo. Tenía once
años, pero no era tonta, sabía que su abuela estaba enferma, lo sabía a pesar
de que sus padres habían tratado de ocultárselo.
Noelle bajó la cabeza, y comenzó a caminar,
tal vez demasiado rápido. Tal vez algo en sus movimientos, en el temor de su
voz… tal vez algo de esa escena llamó la atención, puesto que unos guardias les
cortaron el paso.
-
Control
de salud. –dijo uno de ellos, con voz impersonal.
Durante los segundos siguientes Noelle
deseó con todas sus fuerzas desparecer, esfumarse con el viento. Ser
invisibles. La pantalla de los escáneres portátiles de los guardias se iluminó
al contacto de la piel de su abuela y comenzó a emitir un estridente pitido.
Todo se distorsionó.
La gente a su alrededor empezó a
alejarse de ellas, con muecas de asco que no se molestaron en ocultar. Guardias
de rostros de hielo y ojos de acero surgieron de entre la multitud. Rodearon a
su abuela con violencia y la arrastraron como si fuese un muñeco, como si fuese
algo asqueroso. Noelle trató de seguirla, de gritar que se detuviesen, de
atraparla… pero otros guardias se encargaron de agarrarla a ella también, de
inmovilizarla, de zarandearla tratando de que se estuviese quieta, para escanearla.
Pero ella estaba sana.
Poco después, descubrió que toda persona
infectada, contaminada o enferma era expulsada de las Áreas. Aquel lluvioso día
de abril, aquellos guardias de rostros sin expresión, echaron a su abuela, la
condenaron a vivir el resto de sus días en el infierno de fuera. Y ella se
imaginaba la escena, su abuela con lágrimas en los ojos, mientras esos guardias
la empujaban fuera de los límites del Área, abrirían las puertas de la cúpula y
las cerrarían dejándola a ella fuera. Y ninguno sentiría dolor, ni pena, ni
remordimiento alguno.
Aquello no parecía un comportamiento
humano. Pero era el protocolo. Y debía aceptarse.
Noelle no lo hacía, aquel día algo se
encendió en su interior, algo que fue tomando forma junto al dolor. Una prematura
rebeldía.
De repente, una voz suave e infantil la
sacó de sus amargos recuerdos. Era Alice, su mejor amiga. Cuando quiso darse
cuenta todos los chicos estaban sentados en total silencio en sus asientos y la
profesora se hallaba explicando una lección nueva. Ni siquiera se había
percatado de que el descanso había acabado y una nueva clase había comenzado.
-
Odio
las clases sobre mutantes.- le había dicho Alice, con voz de fastidio.
Noelle sacudió la cabeza. Tratando de
apartar del todo sus recuerdos.
-
Los
mutantes me dan miedo. –continuó su amiga. –Preferiría no tener que saber nada
de ellos. –miró mejor a Noelle, a su rostro apagado y un tanto ausente.-
Noelle, ¿estás bien?
Por un momento, Noelle quiso mentir.
Sonreír. Pero era incapaz de fingir en un momento como aquel.
-
Mañana
demuelen la casa de mi abuela. Para purificarla.-se limitó a decir con voz
marchita.
Alice alzó una ceja.
-
¿Y
qué esperas? Estaba contaminada. Hay que limpiar la ciudad, protegerla de
enfermedades o acabaremos como ellos.-y con su fino y redondo mentón señaló a
la pizarra, donde la profesora estaba mostrando distintas fotos de mutantes.
Todavía eran pequeños, y las imágenes
que se mostraban eran en su mayoría de personas con miembros de más (brazos,
piernas, dedos) y con ojos y pelos de colores de fantasía. La realidad de los
mutantes era mucho más aterradora en muchos casos.
-
He
pasado toda mi infancia en esa casa, Alice.-trató de hacerle entender.- Allí
está casi toda mi vida. Allí está todo lo que me queda de mi abuela.
-
No
deberías apenarte. Estas sana. Y deberías dar gracias por ello, y dar gracias a
esta ciudad que nos libra de enfermedades y de esos horribles mutantes.
No la entendía. Alice no la entendía.
Nadie comprendía el dolor de su pérdida, ni el valor sentimental de esa casa.
Olvidaba el miedo tan profundo y arraigado que dormía en todos los urbanitas.
El miedo a la enfermedad, al mundo de afuera y a los que habitaban en él.
Olvidaba que el miedo general que se sentía hacia los mutantes se había
convertido en odio. Su abuela ahora era una “mutante”. Y nadie entendía su
tristeza. Todos aceptaban el protocolo, sin dudar. Sin pensar… y por un breve
momento, Noelle sintió lástima de todos ellos. Porque muchos vivían sin pesar
ni cuestionarse nada.
Por ello no le contó a nadie los planes
que había reservado para aquella tarde. Iba a volver a la casa de su abuela,
iba a pasar la tarde allí. Iba a disfrutar de aquella casa una última vez. A lo
mejor se llevaba algún recuerdo… o simplemente trataría de grabar cada pequeño
detalle de aquel lugar para guardarlo por siempre en su memoria. Pero iba a
volver, y se quedaría allí hasta las nueve, le daría tiempo de llegar a casa
antes que sus padres.
Seguía lloviendo cuando las clases
terminaron, se despidió como siempre de Alice y Adrien, sus únicos amigos, y
caminó serena hasta la casa de su abuela. No dudó, ni vaciló. Se mostró segura
en todo momento. Cuando llegó al lugar,
sintió un ligero picotazo en el pecho al ver la casa precintada y con carteles
que parecían gritarle al mundo “Zona contaminada. Manténgase alejados.” Se
antepuso a todos los sentimientos que despertaban en ella el estado de la casa,
y tras comprobar que no la veía nadie, rodeó el edificio, pasó por debajo de
una de aquellas cintas que gracias a su color amarillo fosforito resplandecían
entre la niebla y abrió la puerta trasera. La cerró en total silencio, con
cautela. Una vez allí, respiró hondo, aliviada y soltó el paraguas. Estaba en
la cocina de su abuela.
Dio un paso adelante, dispuesta a llegar
al salón, a ojear una vez más las estanterías repletas de libros electrónicos
de medicina que coleccionaban su madre y su abuela, pero estuvo a punto de
resbalar. Aturdida y tras enderezarse y recuperar el equilibrio, se percató de
que la cocina estaba llena de pequeños charcos de agua que iban desde la
entrada trasera hacia el salón. Asustada, decidió seguir el rastro. No tardó en
descubrir que gotas de sangre oscura, casi marrón, manchaban de igual manera el
suelo, siguiendo el mismo recorrido que los charcos de agua.
-
¿Abuela?
–musitó, aterrada. -¿Estás aquí?
El salón estaba vacío, sumido en una
penumbra un tanto siniestra. Solo se oía la lluvia que golpeaba los cristales.
Pero de igual manera, el rastro de agua y sangre atravesaba la sala. Dio una
mirada circular alrededor de la habitación, y descubrió que alguien había
destrozado la alarma de seguridad de la casa. Temblando, e intentando no hacer
el más mínimo ruido, se acercó al lugar donde debería haber una pantalla de
plástico gris. La carcasa había sido arracada, y yacía inerte en el suelo. Los
cables de distintos colores sobresalían de la pared. Tras examinar el
estropicio, se dio cuenta de que aquel que hubiese desactivado la alarma sabía
perfectamente lo que hacía. Había cortado con precisión y seguridad el cable
azul y el verde. La maraña que formaban los demás la había dejado intacta. De
otro modo la alarma se hubiese activado. Por algún motivo aquello la reconfortó
un tanto, y por un momento pensó que su abuela se había escapado. Y que estaba
allí, refugiándose de las autoridades.
Se dio la vuelta, decidida a entrar en
el despacho de su abuela, donde guardaba los libros y artilugios de cuando
trabajaba como científica.
-
¿Abuela?
–volvió a preguntarle al aire.
En ese momento, oyó una respiración
pesada a su espalda. Trató de volverse, pero antes de que pudiese hacer ningún
movimiento alguien la golpeó con fuerza, y la hizo caer al suelo bruscamente. De
repente, se tiró encima suya, unas manos huesudas apretaron con fuerza su
cuello, el peso del cuerpo del extraño sobre su tripa y el hecho de que con sus
piernas apretaba sus brazos contra sus costados le impidieron moverse.
Noelle apenas podía respirar, y trató de
patalear. Fue entonces, en medio de aquel desigual forcejeo, cuando sus ojos se
encontraron con los suyos, se encontraron con unos fríos y duros ojos
amarillos. Un color extraño, que casi parecía un dorado oscuro. Como el ámbar.
Fuese quien fuese aquel que intentaba
ahogarla, era un mutante.
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