Un foco de luz cegador y azulado iluminó
sin piedad su cara, de manera que el chico cerró los ojos con fuerza, arrugando
el rostro en una mueca molesta. El urbanita que lo apuntaba con aquella lámpara
de forma estrambótica y tan potente carraspeó, parecía ciertamente exasperado.
-
Te
hemos pedido tu nombre, mutante.
El camión los había llevado al interior
de la ciudad, a una especie de cárcel blanca, limpia y esterilizada. Allí
estaban interrogando a todos los capturados acerca de su banda terrorista, de
su asentamiento… de otras bandas. Repetían tediosas preguntas mientras trataban
de dejarte ciego delante de aquellas máquinas de luz sobrenatural. A todos les
habían inyectado un suero que debía hacerles decir toda la verdad, pero los
mutantes estaban tan acostumbrados a él que incluso habían desarrollado un
antídoto que siempre tomaban antes de acercarse a las cúpulas o a cualquier
soldado urbanita. Dema lo había ingerido, aunque intuyó que habían vuelvo a
mejorarlo, ya que su boca temblaba dispuesta a soltar verdades que podían
llevar a su gente a la muerte. Se mordía el labio con fuerza, y otra nueva
llaga surgió.
-
Oh,
mierda. –gruñó el urbanita, mirándolo asqueado. – Que alguien limpie la sangre
que este mutante está derramando sobre la mesa.
Una mujer, ataviada con aquellos trajes
que recordaban a los antiguos astronautas apareció de inmediato, con un trapo,
limpió las pequeñas gotas de sangre que habían aterrizado sobre la inmaculada
mesa.
-
Yo
también estoy manchado, señorita.- hizo notar Dema.
La mujer observó al interrogador, como
pidiéndole permiso a través de la mirada. Cuando este asintió y la chica acercó
su mano temblorosa a su boca, Dema observó con exquisita maldad su mueca de
repugnancia, su miedo impreso en sus ligeros y vacilantes movimientos.
El urbanita volvió a deslumbrarlo con el
foco, y Dema apartó la cara. Estaba atado a la silla con simples cuerdas, que
mantenían sus manos juntas detrás del respaldo de la silla y sus pies pegados a
las patas de esta. Aun así, estas se clavaban con crueldad contra sus muñecas y
tobillos.
-
¿Y
bien? ¿Vas a decirnos tu nombre?
Dema soltó aire, hastiado. Los urbanitas
lo sacaban de quicio y todavía se sentía demasiado insensible como parar querer
dedicarle miradas de odio. Simplemente, de su interior no brotaba ninguna
emoción. Su mente permanecía fría, maquinando en silencio como podría librarse
de ellos.
-
Dema
Dancart. –respondió finalmente.
El urbanita tecleaba rápidamente sobre
una pantalla táctil y digital que había sobre la mesa, incrustada en ella,
tecnología moderna que los mutantes no podían alcanzar.
-
Oh,
ya veo. El hijo de Randall Dancart. Entonces perteneces a NTEC ¿no?
Dema no dijo nada, limitándose a apretar
la boca.
-
Supongo
que de tal palo tal astilla. Eso decían los antiguos.
El joven mutante hizo un esfuerzo por no
poner los ojos en blanco. Aquel tipo tenía una voz parsimoniosa y soberbia, una
mezcla que no hacía más que irritar al chico. Además, tampoco quería que
ninguno de aquellos urbanitas hablase de su padre. No tenían derecho a ello.
Con movimientos estudiados y previamente
ensayados, Dema movió uno de sus dedos, apretando el lateral de un anillo
grueso, largo y metálico que portaba en su mano derecha, el cual le cubría toda
una falange. De la superficie de aquel accesorio surgieron afiladas y duras
púas, justo en el filo superior del anillo, antes de que estas empezasen a
rotar en completo silencio, Dema apartó el dedo que portaba el anillo de los
demás, los cuales contrajo en un puño, de tal manera que las púas al girar no
arañasen su piel. Así, en silencio, las cuerdas fueron deshilachándose. Antes
de que estas cayesen al suelo, mientras el urbanita le inquiría la respuesta de
otra pregunta que él no pensaba contestar, sonrió de medio lado y escupió. Una
masa de saliva aterrizó en el casco del urbanita.
Aquel gesto escandalizó a su
interrogador, que lleno de repulsión se quitó el casco sin previo aviso.
-
¡Monstruo
sin modales! –gritó.
Abrió la boca para decir algo más, tal
vez a avisar de nuevo a la señora que limpiaba, a pedir que alguien lo relevase
como interrogador o a pedir su muerte al comprobar que ni por asomo pensaba
cooperar con ellos y darle la información que buscaban sonsacarle. Pero Dema se
deshizo de las ataduras de sus manos de un brusco tirón y con un hábil movimiento
le arrojó el anillo (A pesar de que el filo del anillo estaba lleno de púas que
giraban de forma asesina, el resto del anillo seguía siendo inofensivo y liso).
Su repentino movimiento pilló al urbanita plenamente por sorpresa. Haciendo
canasta, el anillo penetró en su boca abierta y las púas empezaron a escarbar
en ella, a hundirse en su piel. Los gritos desgarrados del urbanita casi
parecían hacer temblar las paredes. Imperturbable, Dema se agachó con rapidez
para desatar las ataduras de sus pies, le arrebató el casco y una especie de
tarjeta que servía como llave al hombre frenético que trataba a duras penas de
sacarse su anillo de la garganta. En ese momento la puerta se abrió de súbito y
guardias entraron en su interior.
Dema se deslizó a través de ellos, raudo
y sutil como una sombra, incluso le pegó un navajazo al segundo. A medida que
iba avanzando sin saber por dónde era la salida iba abriendo puertas con aquella
tarjeta, liberando a nuevos presos, que heridos como él, echaron a correr.
Muchos de los urbanitas que estaban ahí, lo único que hicieron fue echarse a un
lado y gritar muertos de terror, mientras algún que otro guardia fundía a
disparos a algún superviviente huido. Veloces, los guardias corrían en su
busca. Dema no se paró a mirar atrás ni un solo minuto, la pierna le escocía y
la sentía más pesada que nunca por culpa del disparo, pero aunque cojeaba
miserablemente trató de no reducir su marcha.
Cuando por fin pareció encontrar la
salida, no había muchos guardias fuera, tampoco demasiada gente, y un sol
artificial, dulce y armonioso brillaba sobre su cabeza, la temperatura era fresca y renovadora, había árboles que daban
sombra y cuadrados sin adoquines en los que habían plantado flores, olía bien.
Incluso podía oír el delicioso sonido del agua de una fuente, el subir y al
caer de nuevo del agua. Tardó unos segundos en ubicarla, redonda, construida en
piedra azulada, de un tono tan claro como el “cielo” que se extendía sobre su
cabeza y contenía un agua tan cristalina que Dema llegó a pensar que si se
acercaba mucho a ella terminaría viendo su rostro reflejado en ellas.
-
Dichosos
y afortunados urbanitas.-maldijo por bajo, y reanudó su carrera, mientras
guardias parecían salir de todos y cada uno de los edificios, como miles de
insectos furiosos.
Encima, para colmo, comenzó a llover, de
golpe y porrazo. El cielo se oscureció de súbito, y agua comenzó a manar del
cielo.
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