Durante el año 2350 la
contaminación que sacudía al planeta era devastadora. Los glaciares se habían
derretido por completo, y había desaparecido toda vida del ártico y del
desierto, convirtiéndose en zonas deshabitadas y a las que era mejor no acercarse.
El mar sepultó ciudades enteras,
quedando solamente de la civilización humana las torres de los edificios más
altos, que parecían tratar de emergir por orgullo de entre las aguas. Por
desgracia, la mayor parte de esta agua no era potable, y estaba tan contaminada
que no servía siquiera para regar platas ni lavar nada. El petróleo casi había
desaparecido de la tierra y al igual que el agua potable, solo era accesible
para los más ricos. Todo el cielo estaba cubierto siempre por una capa inquebrantable
de un humo gris oscuro que casi rozaba al negro, que sumergía los días en una
oscuridad y una niebla que hacían que la noche y el día fuesen uno solo. Los
cambios atmosféricos eran violentos, imprevisibles y arrasaban con todo.
Parecía que la misma naturaleza se vengaba del ser humano, que su versión más
decadente y podrida los atacaba con todas sus fuerzas por el daño cometido.
En pocos meses la
población mundial se redujo a la mitad. La humanidad debía enfrentarse al
hambre, a la continua sed, a la suciedad, a viejas enfermedades que resurgieron
por la falta de higiene y otras nuevas que aparecieron a causa del agua en mal
estado y del aire viciado. La muerte estaba presente en cada pequeño rincón de
la tierra. Nadie podía escapar de ella.
Fue en este ambiente,
en medio de aquella crisis mundial, cuando un conjunto de científicos, incapaces
de hacer frente a esta horrible situación crearon: Alienus, que en latín
significaba “Ajeno”, una pequeña ciudad refugiada en una cúpula de cristal. Las
nuevas tecnologías permitieron la creación de enormes depuradoras de aire.
Mucha agua también consiguió restaurarse, volvió a ser potable. No podían hacer
frente a la inmensidad que representaba el mundo contaminado, pero si podían
resurgir diversas áreas. Aislarse del mundo que habían condenado creando uno
nuevo, un mundo ajeno, limpio e idílico dentro de una cúpula de cristal.
Pronto, este proyecto
empezó a difundirse por todo el mundo.Así fue como
aparecieron las Áreas.
Ciudades
idénticas, repartidas irregularmente por el mundo. Ciudades que terminaron libres de
contaminación.
Se hicieron unas cribas
muy duras para aceptar a los pobladores de estas ciudades. Aceptando a gente
que estuviese sana, que no tuviese enfermedades hereditarias, personas que no
estuviesen muy afectadas. El principal requisito para entrar en estas ciudades
era la salud.
Solo llegaron a
construirse 30 Áreas en todo el mundo, cada una con capacidad para 10.habitantes.
Más de la mitad de la población mundial no pudo entrar: quedó condenada a
permanecer en aquel mundo enfermo. Quedó condenada a la extinción. Pero como
todos sabemos, el ser humano es famoso por adaptarse a los cambios, por
aferrarse a la vida y a este mundo. Y el ser humano se adaptó a aquel nuevo
mundo podrido de afuera, la humanidad conoció una nueva evolución.
Mientras, en el
interior de las ciudades la humanidad continuó viviendo en un artificial mundo limpio.
Siguió creciendo en tecnología, en saber... pero aun así nunca se llegó a
encontrar una cura para el mundo de afuera. Y poco a poco esta meta perdió
interés. Al fin y al cabo, los cristales opacos de las ciudades no permitían
ver el exterior, solo el interior de aquel mundo nuevo, lleno de agua limpia,
de jardines y pequeños bosques que abastecían de oxígeno la ciudad más otros
generadores artificiales.
Al cabo de los años el
mundo de dentro perdió todo interés por el de fuera. Lo único que les recordaba
que todavía existía vida más allá de la cúpula eran los regulares ataques de
los habitantes del exterior, que protestaban con una rebeldía de acero por su
situación. Pero siempre sus ataques fueron reprimidos con dureza y sin
compasión. Toda persona de afuera
recibía el rango de “mutante”. Y la vida de un mutante no valía nada.
Para reprimir nuevos levantamientos de
rebeldes mutantes, patrullas de “urbanitas” (nombre por el que se hacían llamar
los habitantes de las áreas), forrados de pies a cabeza con un traje que no
permitía pasar la contaminación hacían rondas por distintos asentamientos
mutantes y acababan con la vida de cualquier persona que no les mostrase
respeto, que tratase de escapar o cuando simplemente veían que aquel mundo
enfermo los había afectado demasiado. Que eran demasiado mutantes.
Era muy fácil reconocer
a los mutantes: gente con deformaciones, con miembros más grandes que otros,
con extremidades de más, con pieles amarillentas, verdosas, azuladas… sus ojos
podían ser de cualquier color inimaginable: rosa, azul, morado, verde… al igual
que su pelo.
Todo aquel que no
tuviese los colores estándares de ojos (azul, negro, marrón y verde) o de pelo (castaño, rubio,
negro o pelirrojo). Era considerado mutante. Y la vida de los mutantes no valía
nada. Ellos ya no eran considerados humanos.
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