martes, 3 de febrero de 2015

Capítulo 4- Más secretos.

Se quedó quieta en ese momento, dócil ante la mirada del extraño de ojos color ámbar. Aún entre incontenibles jadeos que denotaban un cansancio atroz, el chico redujo la presión de su agarre. Una vez que pudo volver a inhalar aire y librarse de la sensación de asfixie, sus ojos, llenos de sorpresa y una extraña fascinación recorrieron al chico durante unos instantes: poseía un largo pelo verde muy oscuro, que le caía empapado a través del rostro y se le pegaba a la cara. Era menudo, bajito, más o menos de su misma estatura. También apreció que su rostro guardaba cierta redondez infantil, no debía ser mucho más mayor que ella.
-          Eres un mutante.-susurró sin poder dejar de mirarlo.
El chico no respondió, como si no le hubiese hablado a él. La miraba de forma extraña, amenazadora, parecía leer en sus ojos que estaba reuniendo fuerzas para volver a apretarle el cuello con la fuerza inicial.
-         No voy a hacerte daño. –reaccionó ella tratando de parecer serena. –No…
Y de repente una carcajada seca y cargada de una hiriente ironía salió de la boca del mutante. Una de sus manos soltó su cuello, de algún lugar sacó una navaja, que relució peligrosamente en la oscuridad de aquella habitación.
-         Tú no puedes hacerme daño.-siseó. –Pero, créeme, yo sí.
Apretó el arma contra su cuello al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa de tiburón, mostrándole unos dientes inusualmente blancos. Un pequeño hilo de sangre empezó a serpentear sobre el acerado filo de la cuchilla extendiéndose en pocos segundos por todo su cuello.
-         Puedo delatarte. –hizo notar ella. –Pero no voy a hacerlo.
-         No me amenaces. –rugió él de pronto, como si lo hubiesen pinchado.- No estás en condiciones de delatar a nadie.
Cuando alzó la navaja y vio el brillo de la muerte en su filo acerado y lleno de sangre, dijo, casi desesperada:
-         No me mates. Estás herido… yo puedo curarte. Puedo conseguirte medicinas.
El chico alzó una ceja y detuvo la navaja en el aire, alzada. Jadeaba todavía. Su ropa empapada estaba rota, hecha jirones y llena de sangre.
-         Mi abuela es una mutante ahora. Esta es su casa. Yo no tengo nada en contra vuestra. Déjame ayudarte.
De repente, el chico abrió mucho los ojos, y corrió a ocultar su boca con la palma de su mano. Su cuerpo se convulsionó, y de su boca salió una ronca y horrible tos. Noelle aprovechó aquel momento de debilidad, lo empujó con suavidad y consiguió escurrirse de él. No se atrevió a quitarle la navaja, le pareció demasiado peligroso. Corrió a la cocina, se limpió la sangre del cuello con una servilleta  y volvió al salón cargada con un botiquín y un vaso de agua. Dejó con cuidado el botiquín en el suelo, y se arrodilló junto al chico. Había parado de toser y se masajeaba en cuello con la mano que no sostenía la navaja. La otra estaba cerrada con fuerza en torno al arma, de tal manera que sus nudillos estaban blancos. Todo su cuerpo estaba en tensión. Como una fiera a punto de saltar sobre su presa indefensa.
Noelle extendió el vaso hacia a él.
-         Toma. Es agua.
El chico le dirigió una mirada cargada de desconfianza.
-         Dale un sorbo tu primero. –exigió.
Resignada, Noelle accedió.
-         No voy a envenenarte.- dijo después. -¿Ves? Sigo estado bien.
Como respuesta, el chico le arrebató el vaso de las manos y la bebió de un sorbo. Arrugó la nariz.
-         No sabe a nada. –murmuró. -¿No me estarás engañando?
-         En ese caso moriríamos los dos. –repuso ella y se sentó junto a él. – Voy a curarte, tal y como prometí hace un momento. Pero quiero que a cambio dejes tu navaja sobre esa mesa. –y señaló una mesa situada en una esquina, lejos de los dos. –Como medida de seguridad.-añadió.
La mirada violenta que le devolvió el mutante hizo que no tardase en darse cuenta de que él no estaba muy de acuerdo con aquella medida de seguridad.
-         Estás débil.-le recordó. –No estás en condiciones de matar a nadie si eso es lo que deseas.
-         No voy a soltar mi navaja. –determinó él.- Puedes curarme, y no te haré daño. –y de repente apuntó de nuevo el arma hacia ella.- Pero como se te ocurra engañarme de alguna manera o tratar de llamar a las autoridades, te la clavo entre ceja y ceja ¿Me has entendido?
Y lo dijo con total naturalidad, sin que su voz temblase un ápice. Noelle sintió un ligero escalofrío. Ignorando el miedo que le inducía aquel extraño, abrió el botiquín.
Cuando este la vio sacando una jeringuilla, exclamó:
-         ¿Qué es eso? –Todas sus frases sonaban duras, contundentes entre sus labios.
-         Son calmantes. Tienes dos heridas de bala y muchos arañazos. Si te curo sin inyectártelo podrías desmayarte del dolor. –explicó mientras remangaba su brazo y lo tanteaba con cuidado. –Mi madre es médico, y he leído mucho sobre el tema. Sé de lo que te hablo.
-         Ni se te ocurra. Aguantaré el dolor. Yo puedo…
Un gemido de sorpresa sepultó sus palabras al notar como la aguja de la jeringuilla se hundía en su piel de forma inesperada. El chico sacó la navaja de inmediato, y esta acarició peligrosamente el blanco cuello de Noelle.
-         ¿Qué pretendes? –inquirió, apretando los dientes.
El sedante le hizo efecto casi instantáneamente. Noelle le confiscó con cautela la navaja, deslizándola de sus manos mojadas  hasta hacerla caer indefensa en el suelo.
-         Voy a curarte, ya te lo he dicho. Confía un poco en mí.
A partir de ese momento, el chico dejó de resistirse, tal vez porque el sedante lo mareaba o porque finalmente había decidido confiar en la urbanita de coletas castañas. Lo importante fue que Noelle pudo sacar las balas de su piel, sellar sus heridas y vendarlo. Rebuscó ropa suya vieja que estuviese en lo de su abuela, y le prestó un enorme jersey beige y unos pantalones vaqueros que le quedaban grandes. Luego, lo arrastró hasta el cuarto que su abuela reservaba para ella y lo tumbó en la cama. Estaba prácticamente dormido, y durante unos minutos Noelle se quedó inmóvil, sentada en el suelo, observando la figura del mutante. Su pelo largo de color verde, sus duros y fríos ojos ámbar y su boca continuamente torcida en un mohín desagradable lo convertían en un chico siniestro. Aterrador para cualquier urbanita. Pero cuando Noelle lo observó con más detalle, dormido y con el rostro desprovisto de tensión, al verlo tan pequeño, tan delgado y tan herido, no vio en él a un mutante asesino. A un monstruo. Si no más bien a un niño perdido.



martes, 30 de diciembre de 2014

Capítulo 3. Síntomas.

NOELLE

Llovía dentro del Área 19, una de esas privilegiadas ciudades que habían conseguido huir de la contaminación y erradicar toda enfermedad. Resultaba extraño que dicho fenómeno meteorológico se diera dentro de una ciudad construida bajo los muros de cristal de una cúpula, pero por razones desconocidas, la ciudad era capaz de simular distintos climas y distintas temperaturas. Nadie sabía cómo, solo los funcionarios de cargos más elevados eran los poseedores de dichos conocimientos. Solo ellos conocían los secretos del funcionamiento de las ciudades. La lluvia era como una especie de milagro para los urbanitas. Limpiaba las calles y las llenaba de un agradable olor a tierra mojada.
Para Noelle, al contrario, aquel tiempo nubloso, gris y oscuro parecía identificarse con su estado de ánimo. Mientras todos los niños de la escuela primaria elemental del Área 19 miraban por las ventanas entusiasmados, ella permaneció en su asiento, con la mirada perdida en algún punto remoto de la clase. Estaba triste, más que triste, sentía un dolor puntiagudo y pesado en el pecho. La vida de los urbanitas era generalmente tranquila, sin preocupaciones, feliz incluso. Así era la de Noelle hasta que empezaron los secretos.
Todo comenzó un aciago día de verano, tan normal y corriente como cualquier otro, ese día: su abuela comenzó a toser. Fue un gesto breve, discreto. La pobre anciana trató de ocultarlo bajo la palma de su mano, incluso giró suavemente su rostro apartándolo de la ventana, alejándolo de las miradas de fuera. Pero Noelle lo oyó. Y durante unos instantes vio el miedo en el rostro arrugado de su abuela. Segundos después, la expresión de su abuela había cambiado, convirtiendo el horror en una sonrisa llena de cariño. La abrazó envolventemente y le susurró:
-         No pasa nada, Noelle. Pero no debes decírselo a nadie.
A partir de entonces, su abuela redujo considerablemente el salir a la calle. Pasaba días enteros en cama sin poderse mover, tosía con muchísima frecuencia y empezó a tomar algunos medicamentos que le conseguía la madre de Noelle (aunque almacenar y consumir medicamentos era ilegal). En las áreas nadie poseía medicinas, nadie las necesitaba: no existía la enfermedad. Las autoridades vigilaban y controlaban obsesivamente la salud de los urbanitas. Para entrar en cualquier edificio público era necesario pasar por escáneres que determinaban si estabas sano. Todo aquel que hacía saltar las alarmas era arrestado, pero Noelle no sabía que les ocurría a todas esas personas las cuales tenían la mala suerte de hacer saltar la alarma del escáner. Y nunca tuvo valor para imaginarlo.

Hasta que arrestaron a su abuela.

Tan solo había pasado una semana desde entonces.
El martes pasado llovía con una fuerza tremenda, incluso muchos urbanitas pensaron que debía de ser producto de un fallo técnico. Noelle tenía unos padres importantes y ocupados, que trabajaban hasta muy tarde. Por eso desde que su abuela estaba en aquel estado tan delicado volvía sola a casa. Sin embargo, ese día encontró a su abuela en la entrada del colegio, oculta bajo un paraguas de color azul. Ella le hizo acercarse con un disimulado gesto, y le entregó otro paraguas.
-         Abuela… -hizo notar ella, francamente asustada. - ¿Qué haces aquí?
-         Mira todo lo que está lloviendo. –explicó ella, con voz ronca y cansada, pero llena de cariño.- Se me rompía el corazón de solo pensar que ibas a tener que volverte sola a casa con este mal tiempo.
Puso su cálida mano en su hombro, y la empujó suavemente hacia delante. Ella sabía que aquella extrema calidez en su piel no era normal, era fruto de la fiebre que albergaba su cuerpo. Tenía once años, pero no era tonta, sabía que su abuela estaba enferma, lo sabía a pesar de que sus padres habían tratado de ocultárselo.
Noelle bajó la cabeza, y comenzó a caminar, tal vez demasiado rápido. Tal vez algo en sus movimientos, en el temor de su voz… tal vez algo de esa escena llamó la atención, puesto que unos guardias les cortaron el paso.
-         Control de salud. –dijo uno de ellos, con voz impersonal.
Durante los segundos siguientes Noelle deseó con todas sus fuerzas desparecer, esfumarse con el viento. Ser invisibles. La pantalla de los escáneres portátiles de los guardias se iluminó al contacto de la piel de su abuela y comenzó a emitir un estridente pitido.
Todo se distorsionó.
La gente a su alrededor empezó a alejarse de ellas, con muecas de asco que no se molestaron en ocultar. Guardias de rostros de hielo y ojos de acero surgieron de entre la multitud. Rodearon a su abuela con violencia y la arrastraron como si fuese un muñeco, como si fuese algo asqueroso. Noelle trató de seguirla, de gritar que se detuviesen, de atraparla… pero otros guardias se encargaron de agarrarla a ella también, de inmovilizarla, de zarandearla tratando de que se estuviese quieta, para escanearla. Pero ella estaba sana.

Poco después, descubrió que toda persona infectada, contaminada o enferma era expulsada de las Áreas. Aquel lluvioso día de abril, aquellos guardias de rostros sin expresión, echaron a su abuela, la condenaron a vivir el resto de sus días en el infierno de fuera. Y ella se imaginaba la escena, su abuela con lágrimas en los ojos, mientras esos guardias la empujaban fuera de los límites del Área, abrirían las puertas de la cúpula y las cerrarían dejándola a ella fuera. Y ninguno sentiría dolor, ni pena, ni remordimiento alguno.
Aquello no parecía un comportamiento humano. Pero era el protocolo. Y debía aceptarse.
Noelle no lo hacía, aquel día algo se encendió en su interior, algo que fue tomando forma junto al dolor. Una prematura rebeldía.
De repente, una voz suave e infantil la sacó de sus amargos recuerdos. Era Alice, su mejor amiga. Cuando quiso darse cuenta todos los chicos estaban sentados en total silencio en sus asientos y la profesora se hallaba explicando una lección nueva. Ni siquiera se había percatado de que el descanso había acabado y una nueva clase había comenzado.
-         Odio las clases sobre mutantes.- le había dicho Alice, con voz de fastidio.
Noelle sacudió la cabeza. Tratando de apartar del todo sus recuerdos.
-         Los mutantes me dan miedo. –continuó su amiga. –Preferiría no tener que saber nada de ellos. –miró mejor a Noelle, a su rostro apagado y un tanto ausente.- Noelle, ¿estás bien?
Por un momento, Noelle quiso mentir. Sonreír. Pero era incapaz de fingir en un momento como aquel.
-         Mañana demuelen la casa de mi abuela. Para purificarla.-se limitó a decir con voz marchita.
Alice alzó una ceja.
-         ¿Y qué esperas? Estaba contaminada. Hay que limpiar la ciudad, protegerla de enfermedades o acabaremos como ellos.-y con su fino y redondo mentón señaló a la pizarra, donde la profesora estaba mostrando distintas fotos de mutantes.
Todavía eran pequeños, y las imágenes que se mostraban eran en su mayoría de personas con miembros de más (brazos, piernas, dedos) y con ojos y pelos de colores de fantasía. La realidad de los mutantes era mucho más aterradora en muchos casos.
-         He pasado toda mi infancia en esa casa, Alice.-trató de hacerle entender.- Allí está casi toda mi vida. Allí está todo lo que me queda de mi abuela.
-         No deberías apenarte. Estas sana. Y deberías dar gracias por ello, y dar gracias a esta ciudad que nos libra de enfermedades y de esos horribles mutantes.
No la entendía. Alice no la entendía. Nadie comprendía el dolor de su pérdida, ni el valor sentimental de esa casa. Olvidaba el miedo tan profundo y arraigado que dormía en todos los urbanitas. El miedo a la enfermedad, al mundo de afuera y a los que habitaban en él. Olvidaba que el miedo general que se sentía hacia los mutantes se había convertido en odio. Su abuela ahora era una “mutante”. Y nadie entendía su tristeza. Todos aceptaban el protocolo, sin dudar. Sin pensar… y por un breve momento, Noelle sintió lástima de todos ellos. Porque muchos vivían sin pesar ni cuestionarse nada.
Por ello no le contó a nadie los planes que había reservado para aquella tarde. Iba a volver a la casa de su abuela, iba a pasar la tarde allí. Iba a disfrutar de aquella casa una última vez. A lo mejor se llevaba algún recuerdo… o simplemente trataría de grabar cada pequeño detalle de aquel lugar para guardarlo por siempre en su memoria. Pero iba a volver, y se quedaría allí hasta las nueve, le daría tiempo de llegar a casa antes que sus padres.

Seguía lloviendo cuando las clases terminaron, se despidió como siempre de Alice y Adrien, sus únicos amigos, y caminó serena hasta la casa de su abuela. No dudó, ni vaciló. Se mostró segura en todo momento.  Cuando llegó al lugar, sintió un ligero picotazo en el pecho al ver la casa precintada y con carteles que parecían gritarle al mundo “Zona contaminada. Manténgase alejados.” Se antepuso a todos los sentimientos que despertaban en ella el estado de la casa, y tras comprobar que no la veía nadie, rodeó el edificio, pasó por debajo de una de aquellas cintas que gracias a su color amarillo fosforito resplandecían entre la niebla y abrió la puerta trasera. La cerró en total silencio, con cautela. Una vez allí, respiró hondo, aliviada y soltó el paraguas. Estaba en la cocina de su abuela.
Dio un paso adelante, dispuesta a llegar al salón, a ojear una vez más las estanterías repletas de libros electrónicos de medicina que coleccionaban su madre y su abuela, pero estuvo a punto de resbalar. Aturdida y tras enderezarse y recuperar el equilibrio, se percató de que la cocina estaba llena de pequeños charcos de agua que iban desde la entrada trasera hacia el salón. Asustada, decidió seguir el rastro. No tardó en descubrir que gotas de sangre oscura, casi marrón, manchaban de igual manera el suelo, siguiendo el mismo recorrido que los charcos de agua.
-         ¿Abuela? –musitó, aterrada. -¿Estás aquí?
El salón estaba vacío, sumido en una penumbra un tanto siniestra. Solo se oía la lluvia que golpeaba los cristales. Pero de igual manera, el rastro de agua y sangre atravesaba la sala. Dio una mirada circular alrededor de la habitación, y descubrió que alguien había destrozado la alarma de seguridad de la casa. Temblando, e intentando no hacer el más mínimo ruido, se acercó al lugar donde debería haber una pantalla de plástico gris. La carcasa había sido arracada, y yacía inerte en el suelo. Los cables de distintos colores sobresalían de la pared. Tras examinar el estropicio, se dio cuenta de que aquel que hubiese desactivado la alarma sabía perfectamente lo que hacía. Había cortado con precisión y seguridad el cable azul y el verde. La maraña que formaban los demás la había dejado intacta. De otro modo la alarma se hubiese activado. Por algún motivo aquello la reconfortó un tanto, y por un momento pensó que su abuela se había escapado. Y que estaba allí, refugiándose de las autoridades.
Se dio la vuelta, decidida a entrar en el despacho de su abuela, donde guardaba los libros y artilugios de cuando trabajaba como científica.
-         ¿Abuela? –volvió a preguntarle al aire.
En ese momento, oyó una respiración pesada a su espalda. Trató de volverse, pero antes de que pudiese hacer ningún movimiento alguien la golpeó con fuerza, y la hizo caer al suelo bruscamente. De repente, se tiró encima suya, unas manos huesudas apretaron con fuerza su cuello, el peso del cuerpo del extraño sobre su tripa y el hecho de que con sus piernas apretaba sus brazos contra sus costados le impidieron moverse.
Noelle apenas podía respirar, y trató de patalear. Fue entonces, en medio de aquel desigual forcejeo, cuando sus ojos se encontraron con los suyos, se encontraron con unos fríos y duros ojos amarillos. Un color extraño, que casi parecía un dorado oscuro. Como el ámbar.
Fuese quien fuese aquel que intentaba ahogarla, era un mutante.


Capítulo 2. Preguntas.

DEMA

Un foco de luz cegador y azulado iluminó sin piedad su cara, de manera que el chico cerró los ojos con fuerza, arrugando el rostro en una mueca molesta. El urbanita que lo apuntaba con aquella lámpara de forma estrambótica y tan potente carraspeó, parecía ciertamente exasperado.
-         Te hemos pedido tu nombre, mutante.
El camión los había llevado al interior de la ciudad, a una especie de cárcel blanca, limpia y esterilizada. Allí estaban interrogando a todos los capturados acerca de su banda terrorista, de su asentamiento… de otras bandas. Repetían tediosas preguntas mientras trataban de dejarte ciego delante de aquellas máquinas de luz sobrenatural. A todos les habían inyectado un suero que debía hacerles decir toda la verdad, pero los mutantes estaban tan acostumbrados a él que incluso habían desarrollado un antídoto que siempre tomaban antes de acercarse a las cúpulas o a cualquier soldado urbanita. Dema lo había ingerido, aunque intuyó que habían vuelvo a mejorarlo, ya que su boca temblaba dispuesta a soltar verdades que podían llevar a su gente a la muerte. Se mordía el labio con fuerza, y otra nueva llaga surgió.
-         Oh, mierda. –gruñó el urbanita, mirándolo asqueado. – Que alguien limpie la sangre que este mutante está derramando sobre la mesa.
Una mujer, ataviada con aquellos trajes que recordaban a los antiguos astronautas apareció de inmediato, con un trapo, limpió las pequeñas gotas de sangre que habían aterrizado sobre la inmaculada mesa.
-         Yo también estoy manchado, señorita.- hizo notar Dema.
La mujer observó al interrogador, como pidiéndole permiso a través de la mirada. Cuando este asintió y la chica acercó su mano temblorosa a su boca, Dema observó con exquisita maldad su mueca de repugnancia, su miedo impreso en sus ligeros y vacilantes movimientos.
El urbanita volvió a deslumbrarlo con el foco, y Dema apartó la cara. Estaba atado a la silla con simples cuerdas, que mantenían sus manos juntas detrás del respaldo de la silla y sus pies pegados a las patas de esta. Aun así, estas se clavaban con crueldad contra sus muñecas y tobillos.
-         ¿Y bien? ¿Vas a decirnos tu nombre?
Dema soltó aire, hastiado. Los urbanitas lo sacaban de quicio y todavía se sentía demasiado insensible como parar querer dedicarle miradas de odio. Simplemente, de su interior no brotaba ninguna emoción. Su mente permanecía fría, maquinando en silencio como podría librarse de ellos.
-         Dema Dancart. –respondió finalmente.
El urbanita tecleaba rápidamente sobre una pantalla táctil y digital que había sobre la mesa, incrustada en ella, tecnología moderna que los mutantes no podían alcanzar.
-         Oh, ya veo. El hijo de Randall Dancart. Entonces perteneces a NTEC ¿no?
Dema no dijo nada, limitándose a apretar la boca.
-         Supongo que de tal palo tal astilla. Eso decían los antiguos.
El joven mutante hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Aquel tipo tenía una voz parsimoniosa y soberbia, una mezcla que no hacía más que irritar al chico. Además, tampoco quería que ninguno de aquellos urbanitas hablase de su padre. No tenían derecho a ello.
Con movimientos estudiados y previamente ensayados, Dema movió uno de sus dedos, apretando el lateral de un anillo grueso, largo y metálico que portaba en su mano derecha, el cual le cubría toda una falange. De la superficie de aquel accesorio surgieron afiladas y duras púas, justo en el filo superior del anillo, antes de que estas empezasen a rotar en completo silencio, Dema apartó el dedo que portaba el anillo de los demás, los cuales contrajo en un puño, de tal manera que las púas al girar no arañasen su piel. Así, en silencio, las cuerdas fueron deshilachándose. Antes de que estas cayesen al suelo, mientras el urbanita le inquiría la respuesta de otra pregunta que él no pensaba contestar, sonrió de medio lado y escupió. Una masa de saliva aterrizó en el casco del urbanita.
Aquel gesto escandalizó a su interrogador, que lleno de repulsión se quitó el casco sin previo aviso.
-         ¡Monstruo sin modales! –gritó.
Abrió la boca para decir algo más, tal vez a avisar de nuevo a la señora que limpiaba, a pedir que alguien lo relevase como interrogador o a pedir su muerte al comprobar que ni por asomo pensaba cooperar con ellos y darle la información que buscaban sonsacarle. Pero Dema se deshizo de las ataduras de sus manos de un brusco tirón y con un hábil movimiento le arrojó el anillo (A pesar de que el filo del anillo estaba lleno de púas que giraban de forma asesina, el resto del anillo seguía siendo inofensivo y liso). Su repentino movimiento pilló al urbanita plenamente por sorpresa. Haciendo canasta, el anillo penetró en su boca abierta y las púas empezaron a escarbar en ella, a hundirse en su piel. Los gritos desgarrados del urbanita casi parecían hacer temblar las paredes. Imperturbable, Dema se agachó con rapidez para desatar las ataduras de sus pies, le arrebató el casco y una especie de tarjeta que servía como llave al hombre frenético que trataba a duras penas de sacarse su anillo de la garganta. En ese momento la puerta se abrió de súbito y guardias entraron en su interior.
Dema se deslizó a través de ellos, raudo y sutil como una sombra, incluso le pegó un navajazo al segundo. A medida que iba avanzando sin saber por dónde era la salida iba abriendo puertas con aquella tarjeta, liberando a nuevos presos, que heridos como él, echaron a correr. Muchos de los urbanitas que estaban ahí, lo único que hicieron fue echarse a un lado y gritar muertos de terror, mientras algún que otro guardia fundía a disparos a algún superviviente huido. Veloces, los guardias corrían en su busca. Dema no se paró a mirar atrás ni un solo minuto, la pierna le escocía y la sentía más pesada que nunca por culpa del disparo, pero aunque cojeaba miserablemente trató de no reducir su marcha.

Cuando por fin pareció encontrar la salida, no había muchos guardias fuera, tampoco demasiada gente, y un sol artificial, dulce y armonioso brillaba sobre su cabeza, la temperatura era  fresca y renovadora, había árboles que daban sombra y cuadrados sin adoquines en los que habían plantado flores, olía bien. Incluso podía oír el delicioso sonido del agua de una fuente, el subir y al caer de nuevo del agua. Tardó unos segundos en ubicarla, redonda, construida en piedra azulada, de un tono tan claro como el “cielo” que se extendía sobre su cabeza y contenía un agua tan cristalina que Dema llegó a pensar que si se acercaba mucho a ella terminaría viendo su rostro reflejado en ellas.
-         Dichosos y afortunados urbanitas.-maldijo por bajo, y reanudó su carrera, mientras guardias parecían salir de todos y cada uno de los edificios, como miles de insectos furiosos.

Encima, para colmo, comenzó a llover, de golpe y porrazo. El cielo se oscureció de súbito, y agua comenzó a manar del cielo. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Capítulo 1 - El principio del fin

DEMA

El calor caía sobre ellos pesado y pegajoso, azotándolos como un certero látigo. Allí siempre imperaba aquella temperatura desmesurada y ni siquiera con la llegada de la noche se disolvía del todo, solo se limitaba a descender los grados suficientes como para dejar de ser implacablemente agobiante. A pesar de que todos ellos habían nacido cuando el mundo estaba al borde de la muerte y los síntomas de su enfermedad se manifestaban sin compasión, aquel día sentían que la temperatura los abatía con demasiada fuerza. Ese factor había dificultado su marcha, retrasándolos indeciblemente y ya muchos empezaban a preocuparse de las consecuencias que aquello podía suponer. Eran conscientes de que sus ropas del color de la arena y sus sigilosos pasos eran capaces de ocultarlos de miradas enemigas, pero nunca era bueno confiarse.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Kurt, quién dirigía a todo aquel grupo de mutantes “terroristas”, paró en seco y volvió a refugiarse apresuradamente detrás de una duna de considerable tamaño. Con un gesto les hizo acercarse, no eran muchos y pronto todos estuvieron reunidos. Escondidos tras aquel enorme cúmulo de ardiente arena, Kurt se bajó el sucio pañuelo que ocultaba su boca y susurró, con voz áspera como el papel de lija:
-         Hay urbanitas. Muchos.
Discretamente, alzó su cabeza sobre la duna, alineados en perfecto orden y cubiertos de pies a cabeza con un traje que los libraba de la contaminación un enorme número de urbanitas poderosos y armados vigilaban una de las entradas a la cúpula, inmóviles y con una mirada pétrea posada en el horizonte, que rotaba eficazmente buscando indicios de mutantes.
Luego, anunció mirando a los quince integrantes del grupo:
-         Debe de haber por lo menos treinta.
-         Podemos con esos imbéciles. –gruñó uno de ellos.-Hemos estado en peores situaciones.
Aunque nadie pudo verlo, porque todos estaban encapuchados y con el rostro bien cubierto, Kurt alzó una ceja. Tenía un mal presentimiento. Iban a entrar en la ciudad para robar ciertos suministros y matar o infectar a los urbanitas que tratasen de impedirlo. Ya lo habían hecho más veces anteriormente, y nunca había supuesto ningún problema, había almacenes de latas de conserva cerca de aquella entrada. Por ello, simplemente se dejó llevar, la gente de su asentamiento se moría de hambre y esa misión era de vital importancia. Aquello era una emergencia y no podían volver con las manos vacías.

Apenas hizo la señal que desataba la batalla campal cerca de los límites de aquella cúpula, cuando todos corrieron a dispersarse, cargando sus armas repletas de munición, pronto los disparos empezaron a rasgar el aire, rompiendo la quietud en aquella peligrosa frontera.
Dema también reaccionó rápidamente, corrió hacia la derecha, deslizándose sobre la arena con movimientos estudiados y expertos, apretando entre sus manos su fusil. Su tío lo vio alejarse completamente impotente, iba a decirle que se estuviese quieto y mantuviese las distancias con el enemigo, pero el chico nunca parecía escucharle, ni hacer el mínimo esfuerzo por seguir sus órdenes o consejos. Apenas tenía doce años y ya había hecho caer a un guardia sin que este notase su presencia, agazapado entre los pliegues del infinito desierto. Era hábil, sin duda. A pesar de haber quedado huérfano cuando tenía siete tiernos años, Dema se había adaptado de maravilla a aquel mundo cruel y duro en el que vivían. Incluso mucho antes había empezado a corretear con armas, a usarlas, a convivir entre terroristas, mercenarios y asesinos. Sabía que su mayor prioridad era sobrevivir a toda costa, y que cada día tu vida pendía de un fino e inestable hilo; la vida de un mutante podía apagarse en un instante. Como la llama de una vela se deshace tras un soplido, todo podía acabar en segundos.

Dema había conseguido derribar a otro, aunque por desgracia la mitad de ellos ya avanzaba hacia las profundas dunas en las que terminaba la pequeña zona llana que componía la entrada de la cúpula. Malgastaban una generosa cantidad de munición, algunos disparando ciegamente. Otras balas, que volaban con gran potencia, atravesaban de un bandazo los montículos de arena, por lo que muchos de aquellos mercenarios se vieron obligados a moverse o a salir de su escondite. Dema permaneció en su puesto, que su cuerpo fuese delgaducho y no musculoso y fibroso como el de sus compañeros suponía una ventaja: no resaltaba, pasaba desapercibido. Por ello, cuando uno de los urbanitas enemigos apareció ante su vista, le asestó un disparo entre ceja y ceja, haciéndolo caer de inmediato. Había tardado demasiado en reparar en su presencia.  
Otro guardia, al ver como su compañero había caído también acudió a su encuentro. Este fue más rápido, disparó hacia donde él se encontraba, sin dejar de dar grandes zancadas en su dirección. Sus pies cubiertos con pesadas botas se hundían en el terreno. Dema, ágil como un felino, se levantó, casi pareció volar sobre la arena, sacó un cuchillo que colgaba de su cinturón y se lanzó sobre él. Ni por asomo llegó a derribarlo, y un disparo pasó zumbando peligrosamente cerca de su oído. Pero si le asestó una buena cuchillada al traje del urbanita, que lo refugiaba del nocivo ambiente del mundo de afuera. Un enorme desgarrón apareció en su traje y a causa del pánico que le generó este hecho su arma cayó al suelo. Aprovechando la confusión de este, Dema le pegó un malvado tirón al agujero de su ropa, agrandándolo, al mismo tiempo que pateaba el arma del enemigo arrastrándola a otro lugar. El aire podrido penetró en los pulmones del urbanita, y ese ahogó una exclamación de terror y lo golpeó fuertemente en la cara.
Dema se tambaleó, cayó al suelo y rodó hasta atrapar el arma del enemigo. Disparó casi al instante, pero no acertó su objetivo, la bala tan solo perforó el hombro. El hombre seguía ahogándose, gritando fuera si, demasiado asustado por estar expuesto a la contaminación que por su hombro herido. Hastiado, Dema por fin consiguió acabar con su vida.
Una vez que su adversario se hubo desplomado en el suelo, el joven mercenario advirtió que de repente lastimeros y agónicos gritos llenaban el espacio, se expandían a su antojo, caóticamente. Aquello lo turbó, los disparos parecían haber cesado. Pero no, aquello no había podido acabar tan pronto, nunca era tan fácil y menos aún con aquella cantidad de guardias en las puertas. Tras unos minutos en silencio, aguardando tenso donde estaba, solo captó simétricos pasos en el llano que rodeaba la ciudad urbanita, tan medidos y sincronizados que parecían proceder de máquinas perfectamente programadas. Con cautela, se asomó al llano, al no ser muy alto había estado todo el tiempo refugiado tras las dunas y tampoco alcanzaba a ver más allá de ellas. Lo que vio lo dejó helado: sus compañeros estaban tirados en el suelo, heridos, muertos, yacían sin ninguna dignidad desperdigados alrededor de enormes manchas de sangre que tintaban macabramente el suelo. Se mordió el labio con intensidad con tal de no dejar escapar un grito lleno de terror. Dentro de su máscara de gas que protegía su rostro y sus pulmones de la contaminación, sintió la sangre fluir de su labio inferior y derramarse por su barbilla, un gusto amargo y acerado inundó su paladar.
La razón le decía que lo más sensato era dar media vuelta y volver por donde había venido, posponer la misión y tratar de reclutar refuerzos. Pero no fue capaz, no pudo porque uno de los cuerpos que se retorcía lleno de dolor era el de su tío.
No tardó en percibir el factor de aquella breve y decepcionante derrota, había más urbanitas que antes, armados con láseres y armas de tecnología punta que contenían afiladas y mortales balas.
Los urbanitas estaban arrestando a los supervivientes, arrastrándolos hacia el interior de un camión blanco que levitaba a medio metro del suelo, el cual refulgía bajo el poderoso sol.
No podía irse y dejarlo ahí, se decía, sin que sus ojos se alejasen lo más mínimo de su único pariente con vida. Así que, sin ser todavía muy consciente de las consecuencias que acarrearían sus actos, saltó al lomo de la duna y echó a correr al llano, esquivando disparos mientras finas lágrimas parecían querer reducir su visión.
A medida que iba avanzando, el terror y el nudo que crecía en su interior adquiría un tamaño mayor y más doloroso. Ya había visto una escena como aquella con anterioridad, durante unos instantes de su suicida carrera el rostro de su tío varió y se modificó hasta dar lugar al de su padre: podía evocar a la perfección su pelo verde y sus ojos oscuros, que vacíos y sin el brillo de la vida vagaban perdidos por el horizonte. Él había muerto también abatido por los urbanitas, recibió una lluvia de disparos mientras huía de ellos, y su vida se extinguió brutalmente, tiroteado y agujereado hasta los huesos. Dema había sido el único testigo de aquello, escondido entre las sombras pudo observarlo todo.
A veces, cuando recordaba aquel momento, sentía una enorme impotencia nublando todos y cada uno de sus sentidos. Había que escapar de los urbanitas, habían llegado al poblado donde ellos residían y querían arrasarlo todo. Su padre lo agarró con sus brazos fuertes, y lo llevó entre ellos a lo largo de toda la huida. En un momento dado, lo soltó, entre las ruinas de un edificio demolido, en un hueco entre polvorientos escombros, y le susurró:
-         Quédate aquí. Voy a despejar todo esto, en seguida vuelvo a por ti. –y le revolvió el pelo.
Observó el infinito cariño en sus ojos fugazmente, y desapareció de su vista. Desapareció para siempre.
-         Dem… -exhaló la voz de su tío en aquel momento, logrando que aquel espejismo se esfumase, y alzó la mano hacia él, en un intento inservible de alcanzarlo.
Un repentino espasmo recorrió la piel de su tío, sacudió su cuerpo ligeramente y su mano se derrumbó lacia en el suelo, despojada ya de vida. Dema chilló, al mismo tiempo que un disparo calaba en su pierna y lo hacía caer al suelo.
No tardó en verse rodeado de aquellos urbanitas de rostro difuso tras sus máscaras modernas anti-gas, blancas y relucientes, le quitaron su arma, y empezaron a inmovilizarlo contra el suelo. Ellos descorrieron su propia máscara, y los pulmones de Dema empezaron a llenarse con aquel oxígeno dañino y maldito. Sus ojos, frenéticos y cargados con un odio que casi parecía inhumano enfocaron a aquellos marcianos blancos.
-         Si no es más que un niño.-observó uno.
-         Monstruos desde tan jóvenes.-suspiró otro y le asestó una patada en el vientre llena de desprecio.
-         Seguro que este canta de lo lindo.- apostilló otro. –Venga, llevadlo al camión.

Totalmente catatónico, Dema se dejó arrastrar junto a otros compañeros malheridos hasta el frío y oscuro compartimento de carga de un camión. A partir de ahí, ya no supo encajar ninguna emoción, fue como si muchas hubiesen intentando aflorar al mismo tiempo y se hubiesen atascado formando un amasijo indeterminado y compacto. 
  PREFACIO

Durante el año 2350 la contaminación que sacudía al planeta era devastadora. Los glaciares se habían derretido por completo, y había desaparecido toda vida del ártico y del desierto, convirtiéndose en zonas deshabitadas y a las que era mejor no acercarse. El mar sepultó ciudades  enteras, quedando solamente de la civilización humana las torres de los edificios más altos, que parecían tratar de emergir por orgullo de entre las aguas. Por desgracia, la mayor parte de esta agua no era potable, y estaba tan contaminada que no servía siquiera para regar platas ni lavar nada. El petróleo casi había desaparecido de la tierra y al igual que el agua potable, solo era accesible para los más ricos. Todo el cielo estaba cubierto siempre por una capa inquebrantable de un humo gris oscuro que casi rozaba al negro, que sumergía los días en una oscuridad y una niebla que hacían que la noche y el día fuesen uno solo. Los cambios atmosféricos eran violentos, imprevisibles y arrasaban con todo. Parecía que la misma naturaleza se vengaba del ser humano, que su versión más decadente y podrida los atacaba con todas sus fuerzas por el daño cometido.

En pocos meses la población mundial se redujo a la mitad. La humanidad debía enfrentarse al hambre, a la continua sed, a la suciedad, a viejas enfermedades que resurgieron por la falta de higiene y otras nuevas que aparecieron a causa del agua en mal estado y del aire viciado. La muerte estaba presente en cada pequeño rincón de la tierra. Nadie podía escapar de ella.
Fue en este ambiente, en medio de aquella crisis mundial, cuando un conjunto de científicos, incapaces de hacer frente a esta horrible situación crearon: Alienus, que en latín significaba “Ajeno”, una pequeña ciudad refugiada en una cúpula de cristal. Las nuevas tecnologías permitieron la creación de enormes depuradoras de aire. Mucha agua también consiguió restaurarse, volvió a ser potable. No podían hacer frente a la inmensidad que representaba el mundo contaminado, pero si podían resurgir diversas áreas. Aislarse del mundo que habían condenado creando uno nuevo, un mundo ajeno, limpio e idílico dentro de una cúpula de cristal.

Pronto, este proyecto empezó a difundirse por todo el mundo.Así fue como aparecieron las Áreas.  

Ciudades idénticas, repartidas irregularmente por el mundo.  Ciudades que terminaron libres de contaminación.
Se hicieron unas cribas muy duras para aceptar a los pobladores de estas ciudades. Aceptando a gente que estuviese sana, que no tuviese enfermedades hereditarias, personas que no estuviesen muy afectadas. El principal requisito para entrar en estas ciudades era la salud.
Solo llegaron a construirse 30 Áreas en todo el mundo, cada una con capacidad para 10.habitantes. Más de la mitad de la población mundial no pudo entrar: quedó condenada a permanecer en aquel mundo enfermo. Quedó condenada a la extinción. Pero como todos sabemos, el ser humano es famoso por adaptarse a los cambios, por aferrarse a la vida y a este mundo. Y el ser humano se adaptó a aquel nuevo mundo podrido de afuera, la humanidad conoció una nueva evolución.

Mientras, en el interior de las ciudades la humanidad continuó viviendo en un artificial mundo limpio. Siguió creciendo en tecnología, en saber... pero aun así nunca se llegó a encontrar una cura para el mundo de afuera. Y poco a poco esta meta perdió interés. Al fin y al cabo, los cristales opacos de las ciudades no permitían ver el exterior, solo el interior de aquel mundo nuevo, lleno de agua limpia, de jardines y pequeños bosques que abastecían de oxígeno la ciudad más otros generadores artificiales.

Al cabo de los años el mundo de dentro perdió todo interés por el de fuera. Lo único que les recordaba que todavía existía vida más allá de la cúpula eran los regulares ataques de los habitantes del exterior, que protestaban con una rebeldía de acero por su situación. Pero siempre sus ataques fueron reprimidos con dureza y sin compasión.  Toda persona de afuera recibía el rango de “mutante”. Y la vida de un mutante no valía nada.

Para reprimir nuevos levantamientos de rebeldes mutantes, patrullas de “urbanitas” (nombre por el que se hacían llamar los habitantes de las áreas), forrados de pies a cabeza con un traje que no permitía pasar la contaminación hacían rondas por distintos asentamientos mutantes y acababan con la vida de cualquier persona que no les mostrase respeto, que tratase de escapar o cuando simplemente veían que aquel mundo enfermo los había afectado demasiado.  Que eran demasiado mutantes.

Era muy fácil reconocer a los mutantes: gente con deformaciones, con miembros más grandes que otros, con extremidades de más, con pieles amarillentas, verdosas, azuladas… sus ojos podían ser de cualquier color inimaginable: rosa, azul, morado, verde… al igual que su pelo.

Todo aquel que no tuviese los colores estándares de ojos (azul, negro,  marrón y verde) o de pelo (castaño, rubio, negro o pelirrojo). Era considerado mutante. Y la vida de los mutantes no valía nada. Ellos ya no eran considerados humanos.