DEMA
El calor caía sobre ellos pesado y
pegajoso, azotándolos como un certero látigo. Allí siempre imperaba aquella temperatura
desmesurada y ni siquiera con la llegada de la noche se disolvía del todo, solo
se limitaba a descender los grados suficientes como para dejar de ser
implacablemente agobiante. A pesar de que todos ellos habían nacido cuando el
mundo estaba al borde de la muerte y los síntomas de su enfermedad se
manifestaban sin compasión, aquel día sentían que la temperatura los abatía con
demasiada fuerza. Ese factor había dificultado su marcha, retrasándolos
indeciblemente y ya muchos empezaban a preocuparse de las consecuencias que
aquello podía suponer. Eran conscientes de que sus ropas del color de la arena
y sus sigilosos pasos eran capaces de ocultarlos de miradas enemigas, pero
nunca era bueno confiarse.
Sus sospechas se vieron confirmadas
cuando Kurt, quién dirigía a todo aquel grupo de mutantes “terroristas”, paró
en seco y volvió a refugiarse apresuradamente detrás de una duna de
considerable tamaño. Con un gesto les hizo acercarse, no eran muchos y pronto
todos estuvieron reunidos. Escondidos tras aquel enorme cúmulo de ardiente
arena, Kurt se bajó el sucio pañuelo que ocultaba su boca y susurró, con voz
áspera como el papel de lija:
-
Hay
urbanitas. Muchos.
Discretamente, alzó su cabeza sobre la
duna, alineados en perfecto orden y cubiertos de pies a cabeza con un traje que
los libraba de la contaminación un enorme número de urbanitas poderosos y
armados vigilaban una de las entradas a la cúpula, inmóviles y con una mirada
pétrea posada en el horizonte, que rotaba eficazmente buscando indicios de
mutantes.
Luego, anunció mirando a los quince
integrantes del grupo:
-
Debe
de haber por lo menos treinta.
-
Podemos
con esos imbéciles. –gruñó uno de ellos.-Hemos estado en peores situaciones.
Aunque nadie pudo verlo, porque todos
estaban encapuchados y con el rostro bien cubierto, Kurt alzó una ceja. Tenía
un mal presentimiento. Iban a entrar en la ciudad para robar ciertos
suministros y matar o infectar a los urbanitas que tratasen de impedirlo. Ya lo
habían hecho más veces anteriormente, y nunca había supuesto ningún problema,
había almacenes de latas de conserva cerca de aquella entrada. Por ello,
simplemente se dejó llevar, la gente de su asentamiento se moría de hambre y
esa misión era de vital importancia. Aquello era una emergencia y no podían
volver con las manos vacías.
Apenas hizo la señal que desataba la
batalla campal cerca de los límites de aquella cúpula, cuando todos corrieron a
dispersarse, cargando sus armas repletas de munición, pronto los disparos
empezaron a rasgar el aire, rompiendo la quietud en aquella peligrosa frontera.
Dema también reaccionó rápidamente,
corrió hacia la derecha, deslizándose sobre la arena con movimientos estudiados
y expertos, apretando entre sus manos su fusil. Su tío lo vio alejarse
completamente impotente, iba a decirle que se estuviese quieto y mantuviese las
distancias con el enemigo, pero el chico nunca parecía escucharle, ni hacer el
mínimo esfuerzo por seguir sus órdenes o consejos. Apenas tenía doce años y ya
había hecho caer a un guardia sin que este notase su presencia, agazapado entre
los pliegues del infinito desierto. Era hábil, sin duda. A pesar de haber
quedado huérfano cuando tenía siete tiernos años, Dema se había adaptado de
maravilla a aquel mundo cruel y duro en el que vivían. Incluso mucho antes
había empezado a corretear con armas, a usarlas, a convivir entre terroristas,
mercenarios y asesinos. Sabía que su mayor prioridad era sobrevivir a toda
costa, y que cada día tu vida pendía de un fino e inestable hilo; la vida de un
mutante podía apagarse en un instante. Como la llama de una vela se deshace
tras un soplido, todo podía acabar en segundos.
Dema había conseguido derribar a otro,
aunque por desgracia la mitad de ellos ya avanzaba hacia las profundas dunas en
las que terminaba la pequeña zona llana que componía la entrada de la cúpula. Malgastaban
una generosa cantidad de munición, algunos disparando ciegamente. Otras balas,
que volaban con gran potencia, atravesaban de un bandazo los montículos de
arena, por lo que muchos de aquellos mercenarios se vieron obligados a moverse
o a salir de su escondite. Dema permaneció en su puesto, que su cuerpo fuese
delgaducho y no musculoso y fibroso como el de sus compañeros suponía una
ventaja: no resaltaba, pasaba desapercibido. Por ello, cuando uno de los
urbanitas enemigos apareció ante su vista, le asestó un disparo entre ceja y
ceja, haciéndolo caer de inmediato. Había tardado demasiado en reparar en su
presencia.
Otro guardia, al ver como su compañero
había caído también acudió a su encuentro. Este fue más rápido, disparó hacia
donde él se encontraba, sin dejar de dar grandes zancadas en su dirección. Sus
pies cubiertos con pesadas botas se hundían en el terreno. Dema, ágil como un
felino, se levantó, casi pareció volar sobre la arena, sacó un cuchillo que
colgaba de su cinturón y se lanzó sobre él. Ni por asomo llegó a derribarlo, y
un disparo pasó zumbando peligrosamente cerca de su oído. Pero si le asestó una
buena cuchillada al traje del urbanita, que lo refugiaba del nocivo ambiente
del mundo de afuera. Un enorme desgarrón apareció en su traje y a causa del
pánico que le generó este hecho su arma cayó al suelo. Aprovechando la
confusión de este, Dema le pegó un malvado tirón al agujero de su ropa,
agrandándolo, al mismo tiempo que pateaba el arma del enemigo arrastrándola a
otro lugar. El aire podrido penetró en los pulmones del urbanita, y ese ahogó
una exclamación de terror y lo golpeó fuertemente en la cara.
Dema se tambaleó, cayó al suelo y rodó
hasta atrapar el arma del enemigo. Disparó casi al instante, pero no acertó su
objetivo, la bala tan solo perforó el hombro. El hombre seguía ahogándose,
gritando fuera si, demasiado asustado por estar expuesto a la contaminación que
por su hombro herido. Hastiado, Dema por fin consiguió acabar con su vida.
Una vez que su adversario se hubo
desplomado en el suelo, el joven mercenario advirtió que de repente lastimeros
y agónicos gritos llenaban el espacio, se expandían a su antojo, caóticamente.
Aquello lo turbó, los disparos parecían haber cesado. Pero no, aquello no había
podido acabar tan pronto, nunca era tan fácil y menos aún con aquella cantidad
de guardias en las puertas. Tras unos minutos en silencio, aguardando tenso
donde estaba, solo captó simétricos pasos en el llano que rodeaba la ciudad
urbanita, tan medidos y sincronizados que parecían proceder de máquinas
perfectamente programadas. Con cautela, se asomó al llano, al no ser muy alto
había estado todo el tiempo refugiado tras las dunas y tampoco alcanzaba a ver
más allá de ellas. Lo que vio lo dejó helado: sus compañeros estaban tirados en
el suelo, heridos, muertos, yacían sin ninguna dignidad desperdigados alrededor
de enormes manchas de sangre que tintaban macabramente el suelo. Se mordió el
labio con intensidad con tal de no dejar escapar un grito lleno de terror.
Dentro de su máscara de gas que protegía su rostro y sus pulmones de la
contaminación, sintió la sangre fluir de su labio inferior y derramarse por su
barbilla, un gusto amargo y acerado inundó su paladar.
La razón le decía que lo más sensato era
dar media vuelta y volver por donde había venido, posponer la misión y tratar
de reclutar refuerzos. Pero no fue capaz, no pudo porque uno de los cuerpos que
se retorcía lleno de dolor era el de su tío.
No tardó en percibir el factor de
aquella breve y decepcionante derrota, había más urbanitas que antes, armados
con láseres y armas de tecnología punta que contenían afiladas y mortales
balas.
Los urbanitas estaban arrestando a los
supervivientes, arrastrándolos hacia el interior de un camión blanco que
levitaba a medio metro del suelo, el cual refulgía bajo el poderoso sol.
No podía irse y dejarlo ahí, se decía,
sin que sus ojos se alejasen lo más mínimo de su único pariente con vida. Así
que, sin ser todavía muy consciente de las consecuencias que acarrearían sus
actos, saltó al lomo de la duna y echó a correr al llano, esquivando disparos
mientras finas lágrimas parecían querer reducir su visión.
A medida que iba avanzando, el terror y
el nudo que crecía en su interior adquiría un tamaño mayor y más doloroso. Ya
había visto una escena como aquella con anterioridad, durante unos instantes de
su suicida carrera el rostro de su tío varió y se modificó hasta dar lugar al
de su padre: podía evocar a la perfección su pelo verde y sus ojos oscuros, que
vacíos y sin el brillo de la vida vagaban perdidos por el horizonte. Él había
muerto también abatido por los urbanitas, recibió una lluvia de disparos
mientras huía de ellos, y su vida se extinguió brutalmente, tiroteado y
agujereado hasta los huesos. Dema había sido el único testigo de aquello,
escondido entre las sombras pudo observarlo todo.
A veces, cuando recordaba aquel momento,
sentía una enorme impotencia nublando todos y cada uno de sus sentidos. Había
que escapar de los urbanitas, habían llegado al poblado donde ellos residían y
querían arrasarlo todo. Su padre lo agarró con sus brazos fuertes, y lo llevó
entre ellos a lo largo de toda la huida. En un momento dado, lo soltó, entre
las ruinas de un edificio demolido, en un hueco entre polvorientos escombros, y
le susurró:
-
Quédate
aquí. Voy a despejar todo esto, en seguida vuelvo a por ti. –y le revolvió el
pelo.
Observó el infinito cariño en sus ojos
fugazmente, y desapareció de su vista. Desapareció para siempre.
-
Dem…
-exhaló la voz de su tío en aquel momento, logrando que aquel espejismo se
esfumase, y alzó la mano hacia él, en un intento inservible de alcanzarlo.
Un repentino espasmo recorrió la piel de
su tío, sacudió su cuerpo ligeramente y su mano se derrumbó lacia en el suelo,
despojada ya de vida. Dema chilló, al mismo tiempo que un disparo calaba en su
pierna y lo hacía caer al suelo.
No tardó en verse rodeado de aquellos
urbanitas de rostro difuso tras sus máscaras modernas anti-gas, blancas y
relucientes, le quitaron su arma, y empezaron a inmovilizarlo contra el suelo.
Ellos descorrieron su propia máscara, y los pulmones de Dema empezaron a
llenarse con aquel oxígeno dañino y maldito. Sus ojos, frenéticos y cargados
con un odio que casi parecía inhumano enfocaron a aquellos marcianos blancos.
-
Si
no es más que un niño.-observó uno.
-
Monstruos
desde tan jóvenes.-suspiró otro y le asestó una patada en el vientre llena de
desprecio.
-
Seguro
que este canta de lo lindo.- apostilló otro. –Venga, llevadlo al camión.
Totalmente catatónico, Dema se dejó
arrastrar junto a otros compañeros malheridos hasta el frío y oscuro
compartimento de carga de un camión. A partir de ahí, ya no supo encajar
ninguna emoción, fue como si muchas hubiesen intentando aflorar al mismo tiempo
y se hubiesen atascado formando un amasijo indeterminado y compacto.
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