domingo, 7 de diciembre de 2014

Capítulo 1 - El principio del fin

DEMA

El calor caía sobre ellos pesado y pegajoso, azotándolos como un certero látigo. Allí siempre imperaba aquella temperatura desmesurada y ni siquiera con la llegada de la noche se disolvía del todo, solo se limitaba a descender los grados suficientes como para dejar de ser implacablemente agobiante. A pesar de que todos ellos habían nacido cuando el mundo estaba al borde de la muerte y los síntomas de su enfermedad se manifestaban sin compasión, aquel día sentían que la temperatura los abatía con demasiada fuerza. Ese factor había dificultado su marcha, retrasándolos indeciblemente y ya muchos empezaban a preocuparse de las consecuencias que aquello podía suponer. Eran conscientes de que sus ropas del color de la arena y sus sigilosos pasos eran capaces de ocultarlos de miradas enemigas, pero nunca era bueno confiarse.
Sus sospechas se vieron confirmadas cuando Kurt, quién dirigía a todo aquel grupo de mutantes “terroristas”, paró en seco y volvió a refugiarse apresuradamente detrás de una duna de considerable tamaño. Con un gesto les hizo acercarse, no eran muchos y pronto todos estuvieron reunidos. Escondidos tras aquel enorme cúmulo de ardiente arena, Kurt se bajó el sucio pañuelo que ocultaba su boca y susurró, con voz áspera como el papel de lija:
-         Hay urbanitas. Muchos.
Discretamente, alzó su cabeza sobre la duna, alineados en perfecto orden y cubiertos de pies a cabeza con un traje que los libraba de la contaminación un enorme número de urbanitas poderosos y armados vigilaban una de las entradas a la cúpula, inmóviles y con una mirada pétrea posada en el horizonte, que rotaba eficazmente buscando indicios de mutantes.
Luego, anunció mirando a los quince integrantes del grupo:
-         Debe de haber por lo menos treinta.
-         Podemos con esos imbéciles. –gruñó uno de ellos.-Hemos estado en peores situaciones.
Aunque nadie pudo verlo, porque todos estaban encapuchados y con el rostro bien cubierto, Kurt alzó una ceja. Tenía un mal presentimiento. Iban a entrar en la ciudad para robar ciertos suministros y matar o infectar a los urbanitas que tratasen de impedirlo. Ya lo habían hecho más veces anteriormente, y nunca había supuesto ningún problema, había almacenes de latas de conserva cerca de aquella entrada. Por ello, simplemente se dejó llevar, la gente de su asentamiento se moría de hambre y esa misión era de vital importancia. Aquello era una emergencia y no podían volver con las manos vacías.

Apenas hizo la señal que desataba la batalla campal cerca de los límites de aquella cúpula, cuando todos corrieron a dispersarse, cargando sus armas repletas de munición, pronto los disparos empezaron a rasgar el aire, rompiendo la quietud en aquella peligrosa frontera.
Dema también reaccionó rápidamente, corrió hacia la derecha, deslizándose sobre la arena con movimientos estudiados y expertos, apretando entre sus manos su fusil. Su tío lo vio alejarse completamente impotente, iba a decirle que se estuviese quieto y mantuviese las distancias con el enemigo, pero el chico nunca parecía escucharle, ni hacer el mínimo esfuerzo por seguir sus órdenes o consejos. Apenas tenía doce años y ya había hecho caer a un guardia sin que este notase su presencia, agazapado entre los pliegues del infinito desierto. Era hábil, sin duda. A pesar de haber quedado huérfano cuando tenía siete tiernos años, Dema se había adaptado de maravilla a aquel mundo cruel y duro en el que vivían. Incluso mucho antes había empezado a corretear con armas, a usarlas, a convivir entre terroristas, mercenarios y asesinos. Sabía que su mayor prioridad era sobrevivir a toda costa, y que cada día tu vida pendía de un fino e inestable hilo; la vida de un mutante podía apagarse en un instante. Como la llama de una vela se deshace tras un soplido, todo podía acabar en segundos.

Dema había conseguido derribar a otro, aunque por desgracia la mitad de ellos ya avanzaba hacia las profundas dunas en las que terminaba la pequeña zona llana que componía la entrada de la cúpula. Malgastaban una generosa cantidad de munición, algunos disparando ciegamente. Otras balas, que volaban con gran potencia, atravesaban de un bandazo los montículos de arena, por lo que muchos de aquellos mercenarios se vieron obligados a moverse o a salir de su escondite. Dema permaneció en su puesto, que su cuerpo fuese delgaducho y no musculoso y fibroso como el de sus compañeros suponía una ventaja: no resaltaba, pasaba desapercibido. Por ello, cuando uno de los urbanitas enemigos apareció ante su vista, le asestó un disparo entre ceja y ceja, haciéndolo caer de inmediato. Había tardado demasiado en reparar en su presencia.  
Otro guardia, al ver como su compañero había caído también acudió a su encuentro. Este fue más rápido, disparó hacia donde él se encontraba, sin dejar de dar grandes zancadas en su dirección. Sus pies cubiertos con pesadas botas se hundían en el terreno. Dema, ágil como un felino, se levantó, casi pareció volar sobre la arena, sacó un cuchillo que colgaba de su cinturón y se lanzó sobre él. Ni por asomo llegó a derribarlo, y un disparo pasó zumbando peligrosamente cerca de su oído. Pero si le asestó una buena cuchillada al traje del urbanita, que lo refugiaba del nocivo ambiente del mundo de afuera. Un enorme desgarrón apareció en su traje y a causa del pánico que le generó este hecho su arma cayó al suelo. Aprovechando la confusión de este, Dema le pegó un malvado tirón al agujero de su ropa, agrandándolo, al mismo tiempo que pateaba el arma del enemigo arrastrándola a otro lugar. El aire podrido penetró en los pulmones del urbanita, y ese ahogó una exclamación de terror y lo golpeó fuertemente en la cara.
Dema se tambaleó, cayó al suelo y rodó hasta atrapar el arma del enemigo. Disparó casi al instante, pero no acertó su objetivo, la bala tan solo perforó el hombro. El hombre seguía ahogándose, gritando fuera si, demasiado asustado por estar expuesto a la contaminación que por su hombro herido. Hastiado, Dema por fin consiguió acabar con su vida.
Una vez que su adversario se hubo desplomado en el suelo, el joven mercenario advirtió que de repente lastimeros y agónicos gritos llenaban el espacio, se expandían a su antojo, caóticamente. Aquello lo turbó, los disparos parecían haber cesado. Pero no, aquello no había podido acabar tan pronto, nunca era tan fácil y menos aún con aquella cantidad de guardias en las puertas. Tras unos minutos en silencio, aguardando tenso donde estaba, solo captó simétricos pasos en el llano que rodeaba la ciudad urbanita, tan medidos y sincronizados que parecían proceder de máquinas perfectamente programadas. Con cautela, se asomó al llano, al no ser muy alto había estado todo el tiempo refugiado tras las dunas y tampoco alcanzaba a ver más allá de ellas. Lo que vio lo dejó helado: sus compañeros estaban tirados en el suelo, heridos, muertos, yacían sin ninguna dignidad desperdigados alrededor de enormes manchas de sangre que tintaban macabramente el suelo. Se mordió el labio con intensidad con tal de no dejar escapar un grito lleno de terror. Dentro de su máscara de gas que protegía su rostro y sus pulmones de la contaminación, sintió la sangre fluir de su labio inferior y derramarse por su barbilla, un gusto amargo y acerado inundó su paladar.
La razón le decía que lo más sensato era dar media vuelta y volver por donde había venido, posponer la misión y tratar de reclutar refuerzos. Pero no fue capaz, no pudo porque uno de los cuerpos que se retorcía lleno de dolor era el de su tío.
No tardó en percibir el factor de aquella breve y decepcionante derrota, había más urbanitas que antes, armados con láseres y armas de tecnología punta que contenían afiladas y mortales balas.
Los urbanitas estaban arrestando a los supervivientes, arrastrándolos hacia el interior de un camión blanco que levitaba a medio metro del suelo, el cual refulgía bajo el poderoso sol.
No podía irse y dejarlo ahí, se decía, sin que sus ojos se alejasen lo más mínimo de su único pariente con vida. Así que, sin ser todavía muy consciente de las consecuencias que acarrearían sus actos, saltó al lomo de la duna y echó a correr al llano, esquivando disparos mientras finas lágrimas parecían querer reducir su visión.
A medida que iba avanzando, el terror y el nudo que crecía en su interior adquiría un tamaño mayor y más doloroso. Ya había visto una escena como aquella con anterioridad, durante unos instantes de su suicida carrera el rostro de su tío varió y se modificó hasta dar lugar al de su padre: podía evocar a la perfección su pelo verde y sus ojos oscuros, que vacíos y sin el brillo de la vida vagaban perdidos por el horizonte. Él había muerto también abatido por los urbanitas, recibió una lluvia de disparos mientras huía de ellos, y su vida se extinguió brutalmente, tiroteado y agujereado hasta los huesos. Dema había sido el único testigo de aquello, escondido entre las sombras pudo observarlo todo.
A veces, cuando recordaba aquel momento, sentía una enorme impotencia nublando todos y cada uno de sus sentidos. Había que escapar de los urbanitas, habían llegado al poblado donde ellos residían y querían arrasarlo todo. Su padre lo agarró con sus brazos fuertes, y lo llevó entre ellos a lo largo de toda la huida. En un momento dado, lo soltó, entre las ruinas de un edificio demolido, en un hueco entre polvorientos escombros, y le susurró:
-         Quédate aquí. Voy a despejar todo esto, en seguida vuelvo a por ti. –y le revolvió el pelo.
Observó el infinito cariño en sus ojos fugazmente, y desapareció de su vista. Desapareció para siempre.
-         Dem… -exhaló la voz de su tío en aquel momento, logrando que aquel espejismo se esfumase, y alzó la mano hacia él, en un intento inservible de alcanzarlo.
Un repentino espasmo recorrió la piel de su tío, sacudió su cuerpo ligeramente y su mano se derrumbó lacia en el suelo, despojada ya de vida. Dema chilló, al mismo tiempo que un disparo calaba en su pierna y lo hacía caer al suelo.
No tardó en verse rodeado de aquellos urbanitas de rostro difuso tras sus máscaras modernas anti-gas, blancas y relucientes, le quitaron su arma, y empezaron a inmovilizarlo contra el suelo. Ellos descorrieron su propia máscara, y los pulmones de Dema empezaron a llenarse con aquel oxígeno dañino y maldito. Sus ojos, frenéticos y cargados con un odio que casi parecía inhumano enfocaron a aquellos marcianos blancos.
-         Si no es más que un niño.-observó uno.
-         Monstruos desde tan jóvenes.-suspiró otro y le asestó una patada en el vientre llena de desprecio.
-         Seguro que este canta de lo lindo.- apostilló otro. –Venga, llevadlo al camión.

Totalmente catatónico, Dema se dejó arrastrar junto a otros compañeros malheridos hasta el frío y oscuro compartimento de carga de un camión. A partir de ahí, ya no supo encajar ninguna emoción, fue como si muchas hubiesen intentando aflorar al mismo tiempo y se hubiesen atascado formando un amasijo indeterminado y compacto. 

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