martes, 3 de febrero de 2015

Capítulo 4- Más secretos.

Se quedó quieta en ese momento, dócil ante la mirada del extraño de ojos color ámbar. Aún entre incontenibles jadeos que denotaban un cansancio atroz, el chico redujo la presión de su agarre. Una vez que pudo volver a inhalar aire y librarse de la sensación de asfixie, sus ojos, llenos de sorpresa y una extraña fascinación recorrieron al chico durante unos instantes: poseía un largo pelo verde muy oscuro, que le caía empapado a través del rostro y se le pegaba a la cara. Era menudo, bajito, más o menos de su misma estatura. También apreció que su rostro guardaba cierta redondez infantil, no debía ser mucho más mayor que ella.
-          Eres un mutante.-susurró sin poder dejar de mirarlo.
El chico no respondió, como si no le hubiese hablado a él. La miraba de forma extraña, amenazadora, parecía leer en sus ojos que estaba reuniendo fuerzas para volver a apretarle el cuello con la fuerza inicial.
-         No voy a hacerte daño. –reaccionó ella tratando de parecer serena. –No…
Y de repente una carcajada seca y cargada de una hiriente ironía salió de la boca del mutante. Una de sus manos soltó su cuello, de algún lugar sacó una navaja, que relució peligrosamente en la oscuridad de aquella habitación.
-         Tú no puedes hacerme daño.-siseó. –Pero, créeme, yo sí.
Apretó el arma contra su cuello al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa de tiburón, mostrándole unos dientes inusualmente blancos. Un pequeño hilo de sangre empezó a serpentear sobre el acerado filo de la cuchilla extendiéndose en pocos segundos por todo su cuello.
-         Puedo delatarte. –hizo notar ella. –Pero no voy a hacerlo.
-         No me amenaces. –rugió él de pronto, como si lo hubiesen pinchado.- No estás en condiciones de delatar a nadie.
Cuando alzó la navaja y vio el brillo de la muerte en su filo acerado y lleno de sangre, dijo, casi desesperada:
-         No me mates. Estás herido… yo puedo curarte. Puedo conseguirte medicinas.
El chico alzó una ceja y detuvo la navaja en el aire, alzada. Jadeaba todavía. Su ropa empapada estaba rota, hecha jirones y llena de sangre.
-         Mi abuela es una mutante ahora. Esta es su casa. Yo no tengo nada en contra vuestra. Déjame ayudarte.
De repente, el chico abrió mucho los ojos, y corrió a ocultar su boca con la palma de su mano. Su cuerpo se convulsionó, y de su boca salió una ronca y horrible tos. Noelle aprovechó aquel momento de debilidad, lo empujó con suavidad y consiguió escurrirse de él. No se atrevió a quitarle la navaja, le pareció demasiado peligroso. Corrió a la cocina, se limpió la sangre del cuello con una servilleta  y volvió al salón cargada con un botiquín y un vaso de agua. Dejó con cuidado el botiquín en el suelo, y se arrodilló junto al chico. Había parado de toser y se masajeaba en cuello con la mano que no sostenía la navaja. La otra estaba cerrada con fuerza en torno al arma, de tal manera que sus nudillos estaban blancos. Todo su cuerpo estaba en tensión. Como una fiera a punto de saltar sobre su presa indefensa.
Noelle extendió el vaso hacia a él.
-         Toma. Es agua.
El chico le dirigió una mirada cargada de desconfianza.
-         Dale un sorbo tu primero. –exigió.
Resignada, Noelle accedió.
-         No voy a envenenarte.- dijo después. -¿Ves? Sigo estado bien.
Como respuesta, el chico le arrebató el vaso de las manos y la bebió de un sorbo. Arrugó la nariz.
-         No sabe a nada. –murmuró. -¿No me estarás engañando?
-         En ese caso moriríamos los dos. –repuso ella y se sentó junto a él. – Voy a curarte, tal y como prometí hace un momento. Pero quiero que a cambio dejes tu navaja sobre esa mesa. –y señaló una mesa situada en una esquina, lejos de los dos. –Como medida de seguridad.-añadió.
La mirada violenta que le devolvió el mutante hizo que no tardase en darse cuenta de que él no estaba muy de acuerdo con aquella medida de seguridad.
-         Estás débil.-le recordó. –No estás en condiciones de matar a nadie si eso es lo que deseas.
-         No voy a soltar mi navaja. –determinó él.- Puedes curarme, y no te haré daño. –y de repente apuntó de nuevo el arma hacia ella.- Pero como se te ocurra engañarme de alguna manera o tratar de llamar a las autoridades, te la clavo entre ceja y ceja ¿Me has entendido?
Y lo dijo con total naturalidad, sin que su voz temblase un ápice. Noelle sintió un ligero escalofrío. Ignorando el miedo que le inducía aquel extraño, abrió el botiquín.
Cuando este la vio sacando una jeringuilla, exclamó:
-         ¿Qué es eso? –Todas sus frases sonaban duras, contundentes entre sus labios.
-         Son calmantes. Tienes dos heridas de bala y muchos arañazos. Si te curo sin inyectártelo podrías desmayarte del dolor. –explicó mientras remangaba su brazo y lo tanteaba con cuidado. –Mi madre es médico, y he leído mucho sobre el tema. Sé de lo que te hablo.
-         Ni se te ocurra. Aguantaré el dolor. Yo puedo…
Un gemido de sorpresa sepultó sus palabras al notar como la aguja de la jeringuilla se hundía en su piel de forma inesperada. El chico sacó la navaja de inmediato, y esta acarició peligrosamente el blanco cuello de Noelle.
-         ¿Qué pretendes? –inquirió, apretando los dientes.
El sedante le hizo efecto casi instantáneamente. Noelle le confiscó con cautela la navaja, deslizándola de sus manos mojadas  hasta hacerla caer indefensa en el suelo.
-         Voy a curarte, ya te lo he dicho. Confía un poco en mí.
A partir de ese momento, el chico dejó de resistirse, tal vez porque el sedante lo mareaba o porque finalmente había decidido confiar en la urbanita de coletas castañas. Lo importante fue que Noelle pudo sacar las balas de su piel, sellar sus heridas y vendarlo. Rebuscó ropa suya vieja que estuviese en lo de su abuela, y le prestó un enorme jersey beige y unos pantalones vaqueros que le quedaban grandes. Luego, lo arrastró hasta el cuarto que su abuela reservaba para ella y lo tumbó en la cama. Estaba prácticamente dormido, y durante unos minutos Noelle se quedó inmóvil, sentada en el suelo, observando la figura del mutante. Su pelo largo de color verde, sus duros y fríos ojos ámbar y su boca continuamente torcida en un mohín desagradable lo convertían en un chico siniestro. Aterrador para cualquier urbanita. Pero cuando Noelle lo observó con más detalle, dormido y con el rostro desprovisto de tensión, al verlo tan pequeño, tan delgado y tan herido, no vio en él a un mutante asesino. A un monstruo. Si no más bien a un niño perdido.



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