Se quedó quieta en ese momento, dócil
ante la mirada del extraño de ojos color ámbar. Aún entre incontenibles jadeos
que denotaban un cansancio atroz, el chico redujo la presión de su agarre. Una
vez que pudo volver a inhalar aire y librarse de la sensación de asfixie, sus
ojos, llenos de sorpresa y una extraña fascinación recorrieron al chico durante
unos instantes: poseía un largo pelo verde muy oscuro, que le caía empapado a
través del rostro y se le pegaba a la cara. Era menudo, bajito, más o menos de
su misma estatura. También apreció que su rostro guardaba cierta redondez infantil,
no debía ser mucho más mayor que ella.
-
Eres un mutante.-susurró sin poder dejar de
mirarlo.
El chico no respondió, como si no le
hubiese hablado a él. La miraba de forma extraña, amenazadora, parecía leer en
sus ojos que estaba reuniendo fuerzas para volver a apretarle el cuello con la
fuerza inicial.
-
No
voy a hacerte daño. –reaccionó ella tratando de parecer serena. –No…
Y de repente una carcajada seca y
cargada de una hiriente ironía salió de la boca del mutante. Una de sus manos
soltó su cuello, de algún lugar sacó una navaja, que relució peligrosamente en
la oscuridad de aquella habitación.
-
Tú
no puedes hacerme daño.-siseó. –Pero, créeme, yo sí.
Apretó el arma contra su cuello al mismo
tiempo que le dedicaba una sonrisa de tiburón, mostrándole unos dientes
inusualmente blancos. Un pequeño hilo de sangre empezó a serpentear sobre el
acerado filo de la cuchilla extendiéndose en pocos segundos por todo su cuello.
-
Puedo
delatarte. –hizo notar ella. –Pero no voy a hacerlo.
-
No
me amenaces. –rugió él de pronto, como si lo hubiesen pinchado.- No estás en condiciones
de delatar a nadie.
Cuando alzó la navaja y vio el brillo de
la muerte en su filo acerado y lleno de sangre, dijo, casi desesperada:
-
No
me mates. Estás herido… yo puedo curarte. Puedo conseguirte medicinas.
El chico alzó una ceja y detuvo la
navaja en el aire, alzada. Jadeaba todavía. Su ropa empapada estaba rota, hecha
jirones y llena de sangre.
-
Mi
abuela es una mutante ahora. Esta es su casa. Yo no tengo nada en contra
vuestra. Déjame ayudarte.
De repente, el chico abrió mucho los
ojos, y corrió a ocultar su boca con la palma de su mano. Su cuerpo se
convulsionó, y de su boca salió una ronca y horrible tos. Noelle aprovechó
aquel momento de debilidad, lo empujó con suavidad y consiguió escurrirse de
él. No se atrevió a quitarle la navaja, le pareció demasiado peligroso. Corrió
a la cocina, se limpió la sangre del cuello con una servilleta y volvió al salón cargada con un botiquín y
un vaso de agua. Dejó con cuidado el botiquín en el suelo, y se arrodilló junto
al chico. Había parado de toser y se masajeaba en cuello con la mano que no
sostenía la navaja. La otra estaba cerrada con fuerza en torno al arma, de tal
manera que sus nudillos estaban blancos. Todo su cuerpo estaba en tensión. Como
una fiera a punto de saltar sobre su presa indefensa.
Noelle extendió el vaso hacia a él.
-
Toma.
Es agua.
El chico le dirigió una mirada cargada
de desconfianza.
-
Dale
un sorbo tu primero. –exigió.
Resignada, Noelle accedió.
-
No
voy a envenenarte.- dijo después. -¿Ves? Sigo estado bien.
Como respuesta, el chico le arrebató el
vaso de las manos y la bebió de un sorbo. Arrugó la nariz.
-
No
sabe a nada. –murmuró. -¿No me estarás engañando?
-
En
ese caso moriríamos los dos. –repuso ella y se sentó junto a él. – Voy a
curarte, tal y como prometí hace un momento. Pero quiero que a cambio dejes tu
navaja sobre esa mesa. –y señaló una mesa situada en una esquina, lejos de los
dos. –Como medida de seguridad.-añadió.
La mirada violenta que le devolvió el
mutante hizo que no tardase en darse cuenta de que él no estaba muy de acuerdo
con aquella medida de seguridad.
-
Estás
débil.-le recordó. –No estás en condiciones de matar a nadie si eso es lo que
deseas.
-
No
voy a soltar mi navaja. –determinó él.- Puedes curarme, y no te haré daño. –y
de repente apuntó de nuevo el arma hacia ella.- Pero como se te ocurra
engañarme de alguna manera o tratar de llamar a las autoridades, te la clavo
entre ceja y ceja ¿Me has entendido?
Y lo dijo con total naturalidad, sin que
su voz temblase un ápice. Noelle sintió un ligero escalofrío. Ignorando el
miedo que le inducía aquel extraño, abrió el botiquín.
Cuando este la vio sacando una
jeringuilla, exclamó:
-
¿Qué
es eso? –Todas sus frases sonaban duras, contundentes entre sus labios.
-
Son
calmantes. Tienes dos heridas de bala y muchos arañazos. Si te curo sin
inyectártelo podrías desmayarte del dolor. –explicó mientras remangaba su brazo
y lo tanteaba con cuidado. –Mi madre es médico, y he leído mucho sobre el tema.
Sé de lo que te hablo.
-
Ni
se te ocurra. Aguantaré el dolor. Yo puedo…
Un gemido de sorpresa sepultó sus
palabras al notar como la aguja de la jeringuilla se hundía en su piel de forma
inesperada. El chico sacó la navaja de inmediato, y esta acarició
peligrosamente el blanco cuello de Noelle.
-
¿Qué
pretendes? –inquirió, apretando los dientes.
El sedante le hizo efecto casi
instantáneamente. Noelle le confiscó con cautela la navaja, deslizándola de sus
manos mojadas hasta hacerla caer
indefensa en el suelo.
-
Voy
a curarte, ya te lo he dicho. Confía un poco en mí.
A partir de ese momento, el chico dejó
de resistirse, tal vez porque el sedante lo mareaba o porque finalmente había
decidido confiar en la urbanita de coletas castañas. Lo importante fue que
Noelle pudo sacar las balas de su piel, sellar sus heridas y vendarlo. Rebuscó
ropa suya vieja que estuviese en lo de su abuela, y le prestó un enorme jersey
beige y unos pantalones vaqueros que le quedaban grandes. Luego, lo arrastró
hasta el cuarto que su abuela reservaba para ella y lo tumbó en la cama. Estaba
prácticamente dormido, y durante unos minutos Noelle se quedó inmóvil, sentada
en el suelo, observando la figura del mutante. Su pelo largo de color verde,
sus duros y fríos ojos ámbar y su boca continuamente torcida en un mohín
desagradable lo convertían en un chico siniestro. Aterrador para cualquier
urbanita. Pero cuando Noelle lo observó con más detalle, dormido y con el
rostro desprovisto de tensión, al verlo tan pequeño, tan delgado y tan herido,
no vio en él a un mutante asesino. A un monstruo. Si no más bien a un niño
perdido.
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